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Ed Addison, gerente del equipo de asistencia comunitaria de St Mungo’s en la City de Londres, comparte su experiencia en primera persona en el oficio de ayudar a la gente que vive a la intemperie durante el brote de COVID-19.

El 19 de marzo la gravedad de la situación con la COVID-19 tocó mi fibra más sensible. Era temprano, aproximadamente las siete, yo estaba con un colega haciendo mi turno de la mañana. Fuimos a buscar a George*, un hombre de unos 50 años, muy informado y elocuente, que duerme a la intemperie hace un par de años y, por una serie de motivos, no quiere aceptar ayuda. La City de Londres había solicitado que lleváramos a todo el mundo bajo techo debido al posible riesgo sanitario que presentaba la COVID-19. Esto significaba que teníamos que ofrecerle apoyo a todos, y, por otro lado, también teníamos el deber de hacer una intervención preventiva y garantizar la seguridad y el bienestar de George.

Solemos usar nuestros conocimientos de diferentes maneras para convencer a las personas de que acepten ayuda, por ejemplo, contarles datos concretos sobre los peligros que representa dormir a la intemperie. En esta ocasión, decidí usar alertas sobre el virus como herramienta para alentar a George a que aceptara una oferta de alojamiento. Él se opuso a nuestra propuesta de apoyo, argumentando que había decidido vivir en la calle y estaba preparado para morir allí.

Empezamos a charlar, y me compartió su gran preocupación: dónde iba a conseguir comida. Le dije que se estaba hablando de un posible confinamiento general, que era probable que la City quedara más vacía, que las tiendas iban a cerrar, que los alimentos y los recursos esenciales podían empezar a escasear, que habría muchísima menos gente circulando. Escuché sus inquietudes y sentí que él también me escuchaba. Le di mi número de teléfono y le insistí para que considerara la posibilidad de ir a algún alojamiento.

Cuando trabajas en una organización benéfica de sinhogarismo es imposible tomar distancia del sistema de vivienda más amplio. Las personas que terminan viviendo en la calle suelen ser las más desconectadas del sistema, gente que va cayendo en una situación escandalosamente insegura, pero sin que nadie lo perciba. Los años de austeridad británica han tenido un impacto sobre la reducción de los presupuestos de las autoridades locales y, por ende, los servicios disponibles para quienes los necesitan cada vez son menos.

En un sistema quebrado, ¿a alguien le sorprende que a las personas les cueste confiar en nosotros? Una sola experiencia de decepción basta para sentar precedentes para todas las relaciones futuras. Esto se exacerba entre quienes duermen a la intemperie ya que, probablemente, a lo largo de sus vidas fueron decepcionados por personas con cargos de confianza. Quienes trabajamos como promotores de asistencia solemos ser el primer punto de contacto para personas como George, y muchas veces, se nos mira con desconfianza.

A medida que la emergencia de salud pública por el coronavirus se fue agravando, rápidamente se hizo evidente que era fundamental sacar a todo el mundo de las calles y llevarlos a un entorno donde pudieran mantenerse aislados para protegerse, a ellos mismos y a los demás. El gobierno del Reino Unido se había dirigido a todas las autoridades locales para delinear un plan de traslado de todas las personas sin hogar a algún alojamiento en el lapso de una semana. Los centros de día y refugios de noche de acceso libre se cerraron debido a la imposibilidad de garantizar el confinamiento seguro de cada residente. La situación cambiaba minuto a minuto, y sabíamos que a muchos de nuestros usuarios más vulnerables les costaría seguir adelante.

Aun así, lo que logramos, nosotros y otros colegas, en un período tan breve, fue notable. Desde que se anunciaron las medidas de confinamiento, el equipo de asistencia comunitaria de St Mungo’s de la City de Londres logró alojar a más de 100 personas en habitaciones de hoteles. A muchas de ellas, era la primera vez que las veíamos durmiendo en la calle. Logramos brindar apoyo a la gente para que aceptaran un techo, después de, en algunos casos, 10, 15 o incluso 20 años de dormir a la intemperie. La primera semana de confinamiento pudimos brindar alojamiento y asistencia a 12 personas para que iniciaran un tratamiento de rehabilitación para el consumo de drogas. Juntas acumulaban un historial de 70 años viviendo en la calle.

Esto evidencia una oportunidad inédita no solo de reducir la cantidad de personas sin techo, sino, fundamentalmente, de poder llegar a conocerlas, comprender su situación e implementar soluciones eficaces para, dentro de lo posible, evitar que vuelvan a la calle —como proclamamos en la campaña No Going Back (No hay vuelta atrás).

Esta respuesta de emergencia refuerza la necesidad de una vía de alojamiento permanente que sea accesible, brinde asistencia y ayude a las personas a salir adelante en la vida.

Los asistentes comunitarios siguen trabajando incansablemente en las calles para detectar y brindar apoyo a las personas sin techo, a fin de proporcionarles un alojamiento. Todas aquellas que aceptaron un lugar para quedarse durante las últimas semanas nunca deberían tener que volver a la calle, y, en adelante, nuestro sistema debe mejorar su actitud con quienes viven en situaciones tan vulnerables. Hasta donde sabemos, George sigue afuera. Nosotros seguimos buscándolo para ofrecerle ayuda.

Las personas como George y otros que permanecieron en las calles de la City más allá del confinamiento siguen siendo los que más se resisten a aceptar ayuda y los más traumatizados. Son las personas en las que más debemos enfocarnos, y brindarles nuestro interés, nuestro tiempo y nuestro cuidado.

*El nombre real de George se mantiene anónimo para proteger su privacidad.

Imagen: Vanessa Lollipop (Creative Commons)


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